septiembre 25, 2006

“Hay muchas personas que olvidan, cuando crecen, lo mucho que les costó aprender a leer. Quizá se trate del mayor esfuerzo emprendido por un ser humano, y debe afrontarlo cuando niño. Un adulto rara vez sale triunfante de esa empresa la de reducir la experiencia a un orbe de símbolos. Los seres humanos han existido durante mil millares de años, y sólo han aprendido esta artimaña -este prodigio- en los diez últimos millares de los mil millares.
No sé hasta qué punto mi experiencia es común a todos, pero en mis hijos he observado el pasmado tormento del aprendizaje de la lectura. Ellos, al menos, comparten mi experiencia.
Recuerdo que las palabras -manuscritas o impresas- eran demonios, y los libros, que tanto me torturaban, mis enemigos.
Cierta literatura impregnaba la atmósfera que respiré. Absorbí la Biblia por los poros. Mis tíos sudaban Shakespeare, y el Pilgrim’s Progress de Bunyan vino mezclado con la leche de mi madre. Pero esas cosas me entraron por los oídos. Eran sonidos, ritmos, imágenes. Los libros eran demonios impresos, las pinzas y las empulgueras de un suplicio ultrajante. Hasta que ocurrió que una tía, con fatua ignorancia de mis rencores, me regaló un libro. Contemplé con odio la impresión en negro, y luego las páginas paulatinamente se abrieron y me permitieron la entrada. El prodigio ocurrió. La Biblia, Shakespeare y el Pilgrim’s Progress eran patrimonio común. Pero este libro era mío. Era un ejemplar ilustrado de la Morte d’Arthur de Thomas Malory según la edición de Caxton. Adoré la anticuada ortografía de las palabras, y también las palabras en desuso. Es posible que haya sido este libro el que inspiró mi fervoroso amor por la lengua inglesa...”

Texto extraído de la Introducción del libro “Los hechos de Rey Arturo y sus nobles caballeros” escrito por John Steinbeck, Premio Nobel de Literatura.

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